Somos Kathe y Santiago, una pareja colombiana muy caliente que disfruta del sexo en todas sus facetas. Si quieres saber más de nosotros y ver nuestras fotos, síguenos en Twitter: @bellapazzia.
Faltan 2 días para nuestro viaje. Mi esposa Kathe y yo, estamos viendo fotos en Instagram de la isla que visitaremos. Todo está preparado: cabaña al lado del mar, buceo, playa y mucho morbo. Todo se ve increíble. Pero hay algo muy particular. En varias fotos de la isla, se ven unos hombre negros muy musculosos. Las turistas que visitaban la isla se toman fotos abrazadas al lado de estos grandes hombres y se nota la picardía en sus rostro. La situación nos causa mucho morbo. Mi esposa y yo somos muy liberales. Los dos somos bisexuales y nos encanta disfrutar del sexo.
Mientras vemos las fotos de esos grandes hombres negros, mi esposa se empieza a excitar. De pronto, me dice: “Alguna vez te conté de mi primera vez con un negro?”. Con una sonrisa en el rostro, me empieza a contar.
Yo tenía 18 años y viajamos con mis padres a Cartagena (es una hermosa ciudad en el mar caribe colombiano. Lindas playas, mucha arquitectura y un hermoso mar). Cuando llegamos al aeropuerto, nos recibió nuestro guía: Armando. Armando era de estatura normal, 1.70 aproximadamente. Era grande, algo musculoso, pero no de gimnasio. Tenía una linda sonrisa, manos grandes y toscas. Una cara normal, no demasiado agraciado, pero tampoco desagradable. Lo vi por primera vez al salir del aeropuerto. Llevaba una camisa casi completamente desabotonada por el calor, unos pantalones cortos, varias manillas y cadenas típicas del caribe. Se presentó, cargó nuestras maletas y nos llevó al hotel.
Desde que lo vi, sentí curiosidad y debo decir cierta atracción hacía él. Cuando se presentó, fue muy formal con mi padre, muy amable con mi madre y un poco coqueto conmigo. Nada demasiado atrevido, para evitar problemas con mi padre, pero lo suficiente para que yo me diera cuenta y hacerme sonrojar. En el camino al hotel, me senté adelante con él. Mis padres iban atrás. No hablamos mucho, pero podía ver como no paraba de mirar disimuladamente mis piernas. Yo llevaba un pequeño short y también sentía como miraba disimuladamente mis senos. Cuando lo volteaba a ver, quitaba la mirada y miraba al frente. Yo me reía para mis adentros. Como te digo, tenía 18 años. Mi culo ya se había desarrollado casi tan grande como lo tengo ahora. Mis tetas son pequeñas, pero encantadoras. Y sabes muy bien la sonrisa de diabla que pongo cuando estoy caliente.
De pronto, me entró la curiosidad. Ya sabes, lo que dicen sobre los negros y yo siempre he sido muy curiosa, eso te consta. La cosa no pasó a mayores. Llegamos al Hotel y cuando nos bajamos del auto, sentí su mirada en mi culo todo el tiempo. Yo, ni corta, ni perezosa, se lo moví un poco. Tenía que agradecer su amabilidad y su servicio. Al despedirnos, me dio la mano y, cuando nadie nos veía, aproveché para mirar descaradamente su bulto. Quería saciar mi curiosidad y quería dejarle claro que se lo estaba viendo.
Al otro día, pasamos la mañana en la piscina. Armando nos recogió después del almuerzo. Dimos una vuelta por los sitios históricos de Cartagena. Algunas miradas, una que otra sonrisa y mucho coqueteo. Nada pasado de la raya, porque tenía a mis papás al lado todo el tiempo. Yo llevaba un vestido amarillo de tiras en los hombros que me llegaba mitad de camino entre la rodilla y mi cintura.
La acción llegó al caer la noche. Teníamos planeada una visita nocturna al castillo de San Felipe. Me pareció hermoso. Es un castillo de la época colonial, que sirvió de defensa del imperio español contra los piratas. Queda en la zona histórica de la ciudad y es gigante. De noche es bellísimo. Es muy oscuro, pero tiene una iluminación artificial que pega contra las rocas dando unos colores y unas formas de ensueño.
Empezamos el recorrido por los oscuros pasillos y por los corredores. Habían pasado unos 20 minutos, cuando mi mamá dijo que no se sentía bien. Mi papá decide que irán a un bar que quedaba cerca del castillo a descansar y a tomar algo. Le dijo a Armando que siguiera el recorrido, porque me veía encantada y claro que lo estaba. Sentí un calor recorrer mi cuerpo cuando mi papá le dijo a Armando que siguiéramos nosotros el recorrido. Pude ver como Armando sostenía la respiración. Este, les dio indicaciones a mis padres para que encontrarán el bar y se fueron.
Armando me miró y me dijo: “Continuamos?”. El recorrido se puso caliente de inmediato. Mientras él me explicaba la historia del castillo, no paraba de verme los senos, los labios, me sonreía. Al subir las escaleras, me tomaba de la cintura para ayudarme y sentía sus grandes manos recorrer mi cuerpo. Yo aprovechaba, tocaba sus manos y me acercaba a su cuerpo. En un momento, hice como que me resbalaba con una roca. Él me tomó de la cintura y aproveché para tocar “disimuladamente” paquete. Tenía la verga dura y sobre todo grande, muy grande.
Llegamos a las barracas de los esclavos. Me explicó que los hombres y mujeres dormían separados. Yo le dije que seguro que se escapaban para follar. Él si rio y me dijo que si, claro. “Quieres ver a donde se escapaban?”. Yo asentí mirándolo fijamente a los ojos. Bajamos por un túnel y de pronto, quedó todo oscuro. La oscuridad le dio valentía, porque inmediatamente, se abalanzó sobre mí. Buscaba mi cuerpo en la oscuridad y quería devorar con sus manos lo primero que encontraba de piel. Metió una mano debajo de mi vestido y otra por el escote hacía mis tetas. Las sacó y las empezó a chupar. A mí la temperatura se me subía cada vez más. Estaba a tope.
Me estaba dejando llevar por él. Estaba encantado con mi culo y mis tetas. Me besaba como queriéndome comer la boca. Metía su lengua en mi boca, me besaba el cuello. Me tenía loca gimiendo en esa mazmorra. Entonces, salí del extasis en que me tenía. Yo quería probar esa gran verga que había sentido. No era mi primera verga, había probado un par, pero era mi primer verga negra. Como pude me lo quite de encima y mande la mano a su paquete. Uff que cosa tan rica! Se sentía duro y grande entre su pantalón. Como pude, lo desabroche y lo bajé. Desde que le abrí el pantalón, sentí ese olor. Los que hayan comido negro saben de lo que hablo. Tienen un olor particular. Fuerte, pero hipnotiza. Una mezcla de sudor, sal de mar, y ese no que sé que solo la verga de los negros tiene.
La toqué con la mano y entendí porque tanto alboroto con los negros. Era gigante! Mi mano no era capaz de cubrir la circunferencia y me dio la impresión que era del largo de mi antebrazo. La boca se me hizo agua y me fui agachando. En la oscuridad, no podía ver dónde estaba esa hermosa golosina. Sentí que me golpeó la cara. Su peso en mi cara y ese olor que me entró por la nariz hasta lo más profundo del cerebro. La cogí como pude con una mano y desde abajo empecé a lamerla. Llegué a la punta y la empecé a chupar y a succionar. Mi guía dejó esa furia y desespero que tenía cuando entramos por el túnel y se dejó llevar por su clienta de 18 años.
Su verga era gigante. Casi no me cabía en la boca. Sentía como mi mandíbula debía esforzarse para comerle ese monstruo. Pero estaba cegada por la situación y estaba decidida a hacerlo disfrutar. Estaba yo con las dos manos masturbandolo y con la boca succionando esa hermosa delicia, cuando escuchamos voces cerca y vimos luces en las esquinas. Yo me alejé y como pude me organicé. Armando se subió el pantalón, prendió su linterna y recuperó el aliento. Eran unas señoras mayores que iban a pasar por ahí. Pasaron cerca de nosotros con sus lámparas. Pude ver como el otro guía saludo a Armando con un signo de interrogación en su cara. Las señoras no se dieron cuenta de nada, excepto que, al pasar, me miro fijamente, con una sonrisa en sus ojos y me dijo “buenas noches, niña, que castillo tan lindo, verdad?”.
Cuando salieron de nuestra vista, Armando y yo soltamos la carcajada. Me dijo que tenía el sitio ideal para que siguiéramos el tour. No pregunté nada. Me tomó de la mano y yo lo seguí por unos 7 minutos. Subimos escaleras, pasamos varios pasillos. Abrió una puerta de metal y salimos a un pasillo de la muralla que daba al mar. La noche estaba hermosa, la luna iluminaba el lugar. Todo perfecto para una noche romántica, pero yo no quería una noche romántica. Todo el recorrido hasta ese lugar, venía pensando cómo iba a aguantar esa verga tan grande.
Pasamos 30 segundos en silencio viendo el paisaje. “Métemelo ya” le dije. No quería perder más el tiempo. Dentro de poco teníamos que volver con mis padres y yo no iba a dejar pasar esa oportunidad. Él entendió. Mientras se bajaba el pantalón, me quité las tangas y me apoyé contra el muro de la muralla. Me empiné un poco, me eché babitas y tomé aire. Armando se acercó por detrás, me tomó fuerte de la cintura y lo sentí. Primero, entre mis piernas. Era tan grande que me forzó solo para entrar entre mis piernas. Después, la sentí en mi vulva. La tomé con un mano, le eché más babitas y jugué un poco con ella. Estábamos empapados. Su verga pasaba por mi vagina y quedaba conectada por nuestros fluidos que casi que caían al suelo.
Y empezó la faena. Sentí como entró la cabeza con un empujón suyo fuerte. Apoyé mi cabeza en la piedra y me tragué un grito de dolor. Sentía como si me quemara y me desgarrara. Me dijo al odio que las niñas blanquitas no estaban acostumbradas a vergas tan grandes. Lo miré por encima de mi hombro y sentí una rabia pícara. “Con paciencia y salivita. Ya veremos quién rié al final”, le dije. Tuve que parar varias veces. Me lo metió en 5 o 6 pasos. Le pedía que parara y me echaba saliva. Al final, sentí sus guevos en mis nalgas. Lo había logrado
Mis quejidos de dolor se convirtieron en gemidos. Mi cuerpo se acostumbró a ese terrible invasor. Mis caderas se empezaron a mover y él entendió el mensaje. Me empezó a bombear. Primero suave y luego, cada vez más fuerte. A la luz de la luna, me hacía mover como a ritmo de tambores caribeños. Sentía su verga entrar y salir de mi cuerpo. Sentía un calor, un placer que iba subiendo y subiendo con cada embestida. Un corrientazo en la vagina, un alarido fuerte salió de mi boca y me corrí. Me corrí como nunca. Mis líquidos caían por mis piernas que por un momento desfallecieron. Pero mi negro no me dejó caer. Me sostuvo y siguió en su frenesí. Me daba como desesperado, gemía y yo sentía su fuerza en sus manos que me sostenían y en su cintura que me pegaba con rabia.
Me recuperé de ese orgasmo atronador y recordé como se había burlado de mí hacía unos minutos. Lo iba a sorprender. Dicen que el que no come negro no va al cielo. Dicen que el que come negro, repite. Y sí. Pero yo tenía que ganar esa batalla sexual. Le iba a dejar un recuerdo que no iba a poder olvidar. Empecé a mover mi culo con su verga ensartándome. Poco a poco, fui tomando el control. Él dejó esa furia con la que me estaba follando y se dejó llevar por mis movimientos. Empecé a subir el ritmo. Cada vez más rápido, cada vez más profundo. Escuchaba su respiración acelerarse y sentí sus músculos contraerse. Me corro, me dijo. Yo sabía que solo había una forma de dejar ese hombre sin palabras, de dejarlo completamente a mi merced.
Cuando mi ex novio se iba a venir, yo sentía como su verga se ponía muy dura y él movía la cadera. Así que cuando mi Armando hizo eso, saqué su verga, me arrodillé y me la metí en la boca. En una sola embestida, ese hombre me presionó la cabeza y sentí el primer chorro en mi garganta. Yo arquié y la saqué. El segundo chorro, quedó de lleno en mi lengua. El tercero y cuarto, en mi linda carita. Ya armando parecía otro hombre. Ese ímpetu, ese desespero con que me había follado, había desaparecido. Agitado, me miraba con sorpresa, con ternura, casi que con amor. En mi último acto de agradecimiento a ese bella noche, a ese hermoso castillo y a mi guía Armando, tomé con mis dedos el semen de mi cara y lo metí a la boca. Lo tragué todo, teatralmente. Me paré y le di un beso en la mejilla.
“Ya está tarde, terminemos el recorrido”. Armando no dijo nada. Salimos, caminamos unos minutos y llegamos al bar. Mi papá me dijo que me veía cansada. Le dije que el recorrido había sido muy largo. Pedí una gaseosa para quitarme esa sensación viscosa en la garganta. Después, Armando nos llevó al hotel. Ya no me volvió a mirar en todo el camino. Yo lo miraba disimuladamente y podía ver que se esforzaba por no mirarme más. Tenía miedo de que mis padres lo descubrieran. Nos despedimos y no lo volví a ver. Por la noche, me quedé pensando: el que rié al último, rié mejor.
Mi esposa terminó de contarme su historia. Yo, por supuesto, me había echado una buena paja escuchándola. Nos reímos y yo me quedé pensando. Que viaje el que nos espera!
CREDITOS: Al autor

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